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Encuentros y no encuentros entre Hanna Reitsch y Luis Vicente Juez

Escrito por Luis Ferreira el . Publicado en Grandes relatos

Se dice que con no más de tres o cuatro conexiones (vamos a entender conexión como un simple apretón de manos) se puede conseguir establecer un contacto entre cualesquiera dos personas del mundo que aparentemente no tienen ninguna relación entre sí.

Es decir, podemos afirmar que cualquiera de nosotros tiene relación con Barack Obama sólo con conocer a cualquier político que en algún momento haya coincidido con nuestro Presidente del Gobierno, ya que éste, en alguna ocasión se ha visto con el presidente Obama. Aún me ha sobrado un “salto”.

Esta tontería me lleva a pensar en la curiosas coincidencias entre Hanna Reitsch (Hirschbers, Baja Silesia 1912- Frankfurt 1979), piloto de Vuelo sin Motor y piloto de pruebas en la Luftwaffe con Luis Vicente Juez, nuestro campeonísimo piloto de Vuelo sin Motor local (Pajares de Cameros, La Rioja 1922 – Huesca 2001).

Hanna Reitsch nació en la Baja Silesia (hoy perteneciente a Polonia), hija de un oftalmólogo de posición acomodada de la burguesía alemana. Muy cerca de su localidad natal se encontraba Grunau (hoy conocida por su nombre polaco Jelenia Gora), lugar donde se encuentra una de las cunas del Vuelo sin Motor. Enseguida apareció en ella una pasión por la aviación que le llevó a realizar su primer curso en el año 1932, el mismo año en que la tradición familiar le llevaba a iniciar sus estudios de medicina. Su sueño era ejercer de médico-misionera en las colonias alemanas del norte de Africa pilotando su propio avión. Sin embargo, tras un año de carrera que simultaneo con aquel primer curso de vuelo, recibió una llamada que no pudo rechazar: Se trataba de Wolf Hirth, uno de los pioneros del Vuelo sin Motor alemán que impresionado por su rápido progreso le ofrecía dedicarse a tiempo completo a esta actividad, primero como piloto y enseguida también como instructora. Durante aquel año que marcaría su vida entabló una amistad que le acompañaría toda su vida con Werner Von Braun, el padre de la carrera espacial. En 1934 consiguió su “C” de plata (el primero conseguido por una mujer) y participó en una expedición científico-aeronáutica a Brasil y Argentina. A la vuelta de aquel viaje comenzó a trabajar como piloto de pruebas en el Instituto alemán para el desarrollo de planeadores, donde su primera función fue realizar todo el programa de pruebas del DFS Kranich (el primer planeador biplaza). En 1936 se convirtió en la primera mujer en superar los 300km volando sin motor y en 1937, despegando desde Salzburgo, fue también la primera en atravesar los Alpes pilotando un planeador. Ese mismo año logró batir el récord mundial de distancia libre al volar desde Wasserkuppe hasta Hamburgo. Antes del inicio de la guerra había participado en expediciones con fines científicos y de exhibición en Argentina, Brasil, Finlandia, Portugal, Hungría, USA, Libia y Yuguslavia.

Hanna Reitsch tribute [ver video]

Durante el año 1937 Hanna Reitsch fue contratada como piloto de pruebas a la Luftwaffe donde realizó pruebas en los proyectos del Junker Ju 87, Stuka y Dornier Do17 convirtiéndose además en la primera mujer en realizar pruebas con los helicópteros. A partir del año 1938, Reitsch, gracias a su carácter abierto, y muy probablemente gracias a su condición de mujer se convirtió en una estrella de la propaganda nazi llegando a entablar una amistad personal con el mismísimo Adolf Hitler.

Hanna Reitsch, en un desfile anterior a la guerra. La segunda fotografía corresponde al acto de la imposición de la Cruz de Hierro por Adolf Hitler. Hermann Göring contempla la escena

Poco antes del estallido de la guerra, Reitsch fue reclamada para volar los últimos diseños en los que trabajaban los ingenieros alemanes, entre ellos el primer avión propulsado por cohete, el Messerschmitt Me 163 Komet a los mandos del cual sufrió un accidente del que salió gravemente herida y del que estuvo convaleciente durante cinco meses. Fue durante aquellos años cuando conoció al general Robert Ritter von Greim, un alto oficial de la Luftwaffe con el que entablaría algo más que una muy estrecha amistad.

En el año 1942, el proyecto de las bombas volantes V-1 que un año más tarde asolarían Londres, estaba seriamente comprometido. Los ingenieros no daban con el problema que hacía que los aparatos entrasen en pérdida y terminasen por estrellarse. Se produjeron varias bajas entre los pilotos que volaban prototipos a los que se añadía una diminuta cabina de pilotaje. Hanna Reitsch accedió a participar en el programa en unos vuelos en los que debía manifestar sus percepciones por radio dadas las pocas posibilidades que había de que pudiese presentar un informe con posterioridad al aterrizaje. Sin embargo, sorprendiendo a todos, no sólo fue capaz de mantener el aparato el tiempo suficiente en el aire como para encontrar el problema, sino que renunciando al previsto salto en paracaídas, incluso fue capaz de aterrizar (sobre la panza ya que no disponía de tren de aterrizaje) dejando el aparato prácticamente intacto.

Durante el invierno de los años 43 y 44, ya destacada simpatizante del nacionalsocialismo, fue una de las tres personas que idearon el desarrollo de un avión suicida al estilo de los “kamikaze” japoneses. La idea que parece ser desarrolló durante su convalecencia tras el accidente del Me-163 Komet le llevó a convertirse en fundadora del Escuadrón Leónidas. El proyecto consistía en construir un avión-bomba, basado en la V-1 en el que los pilotos dirigían manualmente el aparato para encaminarlos hacia su objetivo. Sin embargo, aquella idea nunca llegó a cuajar; el proyecto tenía demasiados detractores entre los altos mandos de la Luftwaffe y tras poco más de un año fue finalmente desestimado. A pesar de ello sus servicios le llevaron a conseguir varias condecoraciones, destacando de entre todas ellas la Cruz de Hierro de Primera Clase. Fue la única mujer de la historia de esta condecoración.

En efecto, durante los últimos días de abril dde 1945, el ministro del Aire y jefe de la Luftwaffe, el general Hermann Göring envió un radiograma a Adolf Hitler en la que le proponía delegase en él sus funciones como presidente del Reich. Este hecho fue interpretado por Hitler como una traición y el inicio de un golpe de estado contra él. Hitler, desesperado, destituyó a Göring de todos sus cargos y envió un telegrama al íntimo amigo de Hanna Reitsch, el general Robert Ritter von Greim, ordenando se presentase ante él, en el ya prácticamente sitiado edificio de la Cancillería.

Ritter von Greim, conocedor de que Hanna conocía perfectamente la ciudad de Berlín a pesar de estar ya prácticamente destruida, solicitó que ésta le acompañase en tan arriesgada misión. La misión no era fácil, las tropas del ejército soviético llevaban varias semanas presentando batalla en las calles y sabían que traspasar las líneas iba a ser una misión prácticamente suicida. En la madrugada del día 26 de abril de 1945 volaron desde las proximidades de Munich hasta el aeródromo de Rechlin, al norte de Berlín y de ahí al de Gatow, al oeste de la ciudad. Ambos vuelos fueron muy complicados teniendo que volar a muy baja altura para evitar los ataques de los tanques del ejército soviético. Finalmente, tras un fuerte picado del Arado 96 que les transportaba para evitar el ataque de un caza ruso consiguieron llegar a Gatow. Nada más aterrizar confirmaron que no existía ninguna posibilidad de acceder a la ciudad por via terrestre y también que ya no existía ningún aeródromo bajo control de las tropas alemanas, es más, en los últimos dos días ningún avión había podido conseguir entrar o salir de la ciudad y se daba por hecho que el propio Gatow caería en manos del ejército rojo en cualquier momento.

Ante esta situación optaron por hacerse con una Fieseler Storch (la cigüeña) e intentar aterrizar entre la columna de la Victoria y la puerta de Brandemburgo -en el Tiergarten- ya que confiaban en que la zona próxima al edificio de la Cancillería se encontraría todavía bajo control alemán.

El vuelo, tal y como escribió la propia Hanna Reitsch en su autobiografía “Fliegen men Leben” escrita en el año 51 fue tremendamente complicado:

No nos habíamos equivocado; el suelo bajo nuestros pies estaba lleno de soldados y tanques rusos. A la altura que volábamos podíamos ver sus caras perfectamente, y comenzaron a atacarnos con todo lo que tenían a mano, ametralladoras, fusiles, y sobre todo el fuego que provenía de los blindados. A nuestra derecha, por encima de nosotros sólo veíamos las nubes que provocaban las explosiones que nos dirigían hasta que de pronto escuché un terrible ruido. Vi una llama blanca y amarillenta justo a la derecha del motor, al tiempo que escuché a Greim gritar; le habían alcanzado. Un proyectil procedente de un blindado le había atravesado el pie derecho. Respondiendo a una reacción mecánica tomé, por encima de su hombro, el mando del gas y la palanca de dirección tratando de mantener el avión en posición. Greim, había perdido el conocimiento y caído sobre su pecho. A nuestro alrededor sólo sentía explosiones, tan fuertes que no dejaban oír siquiera el ruido del motor de nuestro aparato, al tiempo que, con miedo, observaba cómo perdíamos el combustible, que salía de los depósitos.

 

Cada segundo que pasaba me sorprendía que no hubiera estallado el avión, pero la Storch aún seguía maniobrando y yo, afortunadamente, estaba ilesa. Pudimos salir de aquél embudo, al tiempo que Greim recuperaba el conocimiento. Intentaba hacerse con los mandos, en un esfuerzo terrible, pero era inútil; estaba demasiado débil y aturdido como para sostenerlos.

 

Nos estábamos acercando al “Funkturm”, que bien conocía. El humo, el polvo y un intenso olor a azufre eran cada vez mayores, pero los disparos y las explosiones poco a poco iban cesando. Obviamente estábamos sobrevolando la parte de la ciudad que aún se encontraba bajo el control de los alemanes. Volaba en dirección al “Funkturm” pero sin visibilidad alguna, por lo que me guiaba conforme a los recuerdos que había grabado en mi mente durante mis vuelos de entrenamiento el pasado mes de enero. No tenía que buscar, bastaba con recordar el rumbo que marcaba el compás hacia el “Flakbunker”. A su izquierda estaba el eje Este-Oeste, con la Columna de la Victoria (“Siegessaeule”). Aterricé pegada al “Brandemburger Tor”, cuando ya no quedaba casi una gota de combustible en el depósito. Todo estaba desierto, el panorama que nos rodeaba era desolador. Árboles arrancados del suelo, ramas y enormes trozos de hormigón diseminados por la calle. Allí no quedaba nada de vida.

Tras el aterrizaje, Reitsch afirma que tras abandonar el aparato y conseguir sacar de él al general Ritter von Greim en un estado de semiinconsciencia ni tan siquiera tenía seguridad de haber aterrizado en territorio controlado por las tropas alemanas. En su autobiografía relata aquella desconcertante situación:

No puedo recordar cuanto tiempo estuvimos esperando hasta que por fin apareció un vehículo alemán, por suerte para nosotros, que nos recogió. Cruzamos el “Brandemburger Tor”, pasamos “Unter den Linden” a través de la “WilhelmStrasse”, y entramos finalmente en la “VossStr.” Todo lo que veía a mi alrededor se me antojaba como un decorado irreal, fantasmagórico, al recordar el pasado majestuoso de aquellas avenidas en los tiempos pasados. De todo aquello sólo quedaban cenizas, escombros y un fuerte olor a quemado.

Estado en el que quedó la "Cigueña" tras el avance del ejército rojo

Aeródromo de Gatow (oeste de Berlín). En la actualidad se ha reconvertido en un museo de aviación

Vista aérea de Berlín. A la izquierda de la fotografía se encuentra Gatow. Se distingue el "Eje este-oeste" (columna de la victoria, calle 17 de junio, puerta de Branderburgo y Unter den Linden). Se aprecia también el histórico aeropuerto de Tempelhof.

Detalle del Tiergarten. El aterrizaje de Hanna Reitsch y el general Ritter von Greim tuvo lugar en la calle 17 de junio (entre la columna de la victoria y la puerta de Brademburgo). La Cancillería (hoy inexistente) se encontraba en la esquina inferior derecha de la fotografía a no más de 300m de la Puerta de Branderburgo.

Lugar de aterrizaje de Hanna Reitsch y Ritter von Greim el 26 de abril de 1945. Al fondo la columna de la victoria, de espaldas al coche de Google, la puerta de Branderburgo.

Tras llegar a la cancillería y cruzarse por la escalera que descendía al bunker con la señora Goebbels, Ritter von Greim fue conducido al quirófano para ser tratado de sus heridas. Pocos minutos después llegaba Adolf Hilter:

Una vez abajo, nos encontramos con Adolf Hitler en el hall del pasillo de entrada. Me impresionó su aspecto. Encogido, encorvado hacia delante, sus dos brazos temblaban y una mirada ausente. Nos saludo con una voz casi inaudible. Greim le informó de la situación; Hitler tranquilo y pendiente de cuanto le decía, escuchaba su informe. Cuando terminó cogió las manos del GeneralOberst y mirándome a mí dijo: “Usted es una mujer muy valiente. Todavía hay fidelidad y valor en el mundo”. Después supimos por qué había hecho llamar a Greim. Había sido traicionado por Göring. Hitler mostró a Greim el radiograma en el cual Göring se autoproclamaba sucesor de Hitler. “Nada en este mundo me está evitado, ni el sufrimiento, ni la infidelidad, ni el deshonor, ni la traición. He hecho detener a Göring inmediatamente, le he despojado de todos sus nombramientos y cargos y relevado de todos los puestos en todas las organizaciones”. En ese momento nombró a Greim como sucesor de Göring al mando de la Luftwaffe y le ascendió al rango de “Generalfeldmarschall”.

 

La habitación estaba en silencio. Yo miraba la cara del nuevo Feldmarschall, que a duras penas se sostenía en pie, y con los labios apretados. No era muy difícil averiguar qué pensamientos y sentimientos recorrían la mente de Greim. Era el “Oberbefehlshaber” de una Luftwaffe que ya no existía. En esa situación, en medio del caos, todo lo sucedido sólo podía significar una cosa, y además era una cuestión de honor, por lo que sin pensar en sí mismo ambos tomamos la decisión de esperar en el búnker junto al Führer el final.

 

Desde la primera noche que pasamos en el búnker (26/27 de abril) los rusos habían puesto bajo el alcance de su artillería la Cancillería. El fuego artillero no cesaba de caer sobre nosotros, y cada vez con más fuerza. Bajo el fuego y las explosiones, incluso en el último rincón del búnker, puedo decir que llovía cemento de las paredes. No se podía pensar en dormir. Todo el mundo estaba en estado permanente de alerta.

Mientras tanto, a las 7 y media de la mañana y a 2.000km de distancia, Luis Vicente Juez, absolutamente ajeno a los acontecimientos que precipitaban el final de la guerra despegaba mediante gomas a los mandos del Weihe EC-RZZ desde el aeródromo de Monflorite para el que sería el vuelo más reconocido de la historia de la Escuela de Vuelo sin Motor de Huesca. Aunque ambos pilotos tardarían todavía siete años en conocerse personalmente y ninguno de los dos conocía la tarea en la que estaba inmerso el otro, esta es la primera coincidencia de su curiosa historia común.

Luis Vicente Juez

Mientras para Juez, las horas que pasaba en absoluta soledad a los mandos del Weihe resultaban extraodinariamente lentas, en el bunker de la Cancillería del Reich en Berlín los acontecimientos se precipitaban:

No tenía la más mínima duda, el final se acercaba. Todos lo sabíamos. Esta certeza pesaba sobre el pensamiento de todos los que allí nos encontrábamos encerrados y provocaba un sentimiento artificial de esperanza, que se contradecía con el más lógico sentido de la razón. El círculo más cercano a Hitler vivía totalmente aislado de la realidad de los hechos que sucedían en el exterior; la desesperada lucha por Berlín, y por el resto de Alemania. A pesar de ello, aún se hablaba de la esperanza de una salvación. Falsa esperanza que era alimentada por los rumores y noticias que llegaban al búnker de vez en cuando, y que no eran otra cosa que una cruel caricatura de la realidad.

Los dos días siguientes, mientras Ritter von Greim, ya como general en jefe de la Luftwaffe y Hanna Reitsch esperaban que las heridas del primero le permitiesen volver a volar, Hanna conoció las distintas opciones que se le ofrecieron a Hitler para abandonar el bunker e intentar salir de Berlín. Incluso parecía posible haberlo intentado a bordo de un Junkers Ju 52 -que finalmente se estrelló en el despegue por no poder superar la columna de la victoria- o un Arado 96 (la Fieseler Storch fue destruida por el ejército soviético pocas horas después del aterrizaje de la tarde del día 26). Hitler nunca contempló esa posibilidad, ni tan siquiera la que parecía más evidente de volar en el viaje de vuelta con Reitsch y Ritter von Greim.

Poco después de la medianoche del día 28 Hitler entró en la habitación de von Greim a quien yo acompañaba y curaba de sus heridas. La cara del Führer no podía ser más blanca, era la imagen de un cadáver. Llevaba un mensaje radiado en su mano y un mapa. Se dirigió a von Greim: “Ahora también me ha traicionado Himmler. Ustedes dos tienen que salir del búnker lo más rápido posible. He recibido la noticia de que los rusos quieren ocupar la Cancillería durante la mañana”. Mientras decía esto desplegaba el mapa, y continuó diciendo: “Si con un bombardeo pudiéramos exterminar las posiciones enemigas en las calles dirección a la Cancillería, podríamos ganar al menos 24 horas y dar así la posibilidad al General Wenk de llegar a tiempo aquí. En Potsdam ya se escucha la artillería alemana”. Después nos indicó que un Arado 96 había podido entrar y aterrizar en el Eje y se encontraba aún intacto y a nuestra disposición.

Mientras tanto, en Huesca, Juez continuaba acurrucado en la diminuta cabina del Weihe. Hacía ya varias horas que había logrado superar el récord nacional de permanencia de Vuelo sin Motor.

En Berlín, esa misma noche Ritter von Greim y Reitchs salen de la cancillería para intentar abandonar la ciudad en una misión que presumían todavía más complicada que la de su llegada:

El ruido de las explosiones era terrible, pero más terrible era la incertidumbre de no saber si nos encontrábamos en un distrito ya ocupado por los rusos. Al menos era un respiro haber llegado sanos y salvos a la esquina de la VossStr / Hermann Göring Str. Estábamos alcanzando el Tiergarten y por fin el edificio que ocupaba la Jefatura de Vuelos junto a la Siegessaeule, que aún estaba en manos de los alemanes aunque el mismo eje Este / Oeste se encontraba bajo el fuego enemigo.

 

El Arado 96 que se había puesto a nuestra disposición se encontraba en un “Splitterbox”. Ver que este aparato hubiera aterrizado aquí, en estas circunstancias ya era de por sí algo increíble En efecto, el artífice de semejante hazaña era el mismo piloto con el que habíamos volado Greim y yo a Gatow días atrás. Ahora volvíamos a encontrarnos en una situación similar, el avión sólo tenía dos plazas, pero debíamos salir los tres de allí. Rápidamente nos informaron de la situación, aún quedaban 400 metros del eje libres de embudos de granadas, si bien tal situación podía cambiar en segundos. En cualquier caso, que el despegue tuviera éxito dependía exclusivamente de la suerte.

 

Los focos antiaéreos del enemigo se proyectaban sobre el eje. A pesar de ello, el Arado podría despegar del suelo sin ser visto. En efecto, despegamos, volamos dirección Brandemburger Tor. El Carro de la Victoria del Brandemburger Tor se elevaba como una silueta negra en el haz de luz de los focos enemigos. Pasamos por encima justo cuando el enemigo nos descubrió. De pronto el cielo se cubrió de balas trazadoras.

 

Ascendimos lo más rápido posible y a unos 700 metros de altitud alcanzamos una capa de nubes que nos ponía a salvo, al menos de la artillería antiaérea. Al pasar las nubes encontramos el cielo, claro e iluminado sólo por la luna. A salvo, pusimos rumbo a Rechlin. Al mirar hacia abajo pude ver cómo el brillo plateado de los Maerkische Seen cambiaba con el resplandor rojo de los pueblos en llamas, abrasados por las bombas, bordeados por las carreteras de la guerra y desolación.

Puerta de Branderburgo y la "Unter den Linden" (los Campos Eliseos berlineses) tal y como quedaron tras los bombardeos de los aliados. Al fondo se distingue lo que años más tardes se convertiría en el corazón del Berlín este, Alexander Platz. De espaldas al fotógrafo la avenida del 17 de junio y el Tiergarten.

En Huesca, durante la media tarde de aquel sábado, uno de los profesores de la escuela, Carlos Arenas, llevando a Tomás Jaime, histórico periodista oscense en el puesto delantero de un Kranich II, maniobraba para intentar aproximarse al Weihe que pilotaba Juez. Arenas intentaba que el periodista pudiese realizar su entrevista a viva voz. Se había batido ya el récord nacional de permanencia, y el mundial parecía estar a tiro. Fue Tomás Jaime quien comunicó a Juez las todavía confusas noticias que llegaban desde Berlín: “-Oye, Juez –grité-. Cuando bajes es posible que se haya terminado la guerra. Son las últimas noticias de esta tarde” -Poco podían suponer entonces que ese final al que se referían también lo sería para el propio Adolf Hitler.

Reitsch y Ritter von Greim aterrizaron a última hora de la tarde del día 28 en Rechlin. Unas doce horas después, en Huesca y a mitad de la mañana del 29 de abril de 1945, Juez aterrizó al pie de la ladera de la Escuela.

Pocas horas después del aterrizaje de Juez, durante la madrugada del día 30, Reitsch y Ritter von Greim escucharon por la radio la noticia que anunciaba la muerte del dictador.

Finalmente, el día 8 de mayo, tras aterrizar en Zell am See (Austria), después de deambular por distintas localizaciones del norte del país para que el general asumiese el mando de una moribunda Luftwaffe, tuvieron noticia de la capitulación alemana. Desde ese momento la misión que tenían encomendada dejaba de tener sentido y Hanna Reitsch llevó a Ritter von Greim al hospital para que pudiese ser curado de sus heridas. Fue en ese lugar donde serían capturados por los americanos.

Tras la capitulación, las vidas de ambos se separan para siempre: Hanna Reitcsh permanecería 18 meses como prisionera guerra en manos de de los americanos y Ritter von Greim, conocedor que el trato americano-soviético haría que fuese entregado a los segundos, puso fin a su vida en un suicidio casi ritual. Junto a su cuerpo se encontraron unas líneas: “Soy el jefe de la Luftwaffe sin Luftwaffe”.

El vuelo de Juez tuvo una duración de 52 horas y 36 minutos de vuelo ininterrumpido. Podría haberse homologado como récord del mundo de permanencia, pero el piloto, conocedor de que había otro piloto (alemán), que un par de años atrás había volado todavía dos horas más y de que la Federación Aeronáutica Internacional se había negado a homologarlo por estar el país en guerra, optó por no presentar la documentación para homologar el suyo.

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Para los alemanes, una de las consecuencias de la capitulación fue la prohibición de realizar cualquier tipo de prácticas aéreas, prohibición que también afectaba al Vuelo sin Motor. Esa restricción fue finalmente levantada en el año 1951. Desde entonces, el Vuelo sin Motor que hasta la guerra estaba gestionado por el NSFK renació con fuerza. Inmediatamente reaparecen los “Akaflieg” (agrupaciones universitarias interesadas en el desarrollo de nuevos planeadores), aparecen nuevos modelos de planeadores y empiezan a constituirse los aeroclubes deportivos (hasta 650 en muy pocos años).

Durante los seis años transcurridos desde el final de la guerra, España fue el país que más se benefició del obligado “inpass” sufrido por el Vuelo sin Motor alemán y también del grado de deterioro en que había quedado el resto de Europa. Las escuelas oficiales (Somosierra y muy especialmente Monflorite), gracias al determinante apoyo estatal y a alguno de sus profesores entre los que destacaba el trío formado por Luis Vicente Juez, Miguel Ara y Julián Sevillano, habían tomado una ventaja evidente, de manera que en Huesca se batieron numerosos récords de distancia y de altura. Este hecho, unido a la incipiente apertura del régimen de Franco hacia las instituciones internacionales (hasta 1955 ni tan siquiera se admite la entrada del país en las Naciones Unidas) son las dos razones que permiten que la Federación Aeronáutica Internacional conceda a España la organización de los Campeonatos del Mundo del año 1952 que se llevarían a cabo en el madrileño aeródromo de Cuatro Vientos.

La reaparición internacional del Vuelo sin Motor alemán iba a tener una cuidada puesta en escena en aquellos campeonatos. El equipo seleccionado para aquella ocasión, capitaneado por Wolf Hirth, estaba formado por cuatro pilotos de los que destacaba una figura: Hanna Reitsch.

Seis años después de los sucesos que precedieron al final de la segunda guerra mundial Hanna Reitsch y Luis Vicente Juez coincidieron “geográficamente” por primera vez. Reitsch competía a los mandos de un novísimo Kranich III diseñado el año anterior, mientras que Juez, que competía con Roberto Bermúdez de Castro como segundo piloto, lo hacía con uno de los Kranich II de la Escuela de Huesca. Un modelo que había sido testado por Hanna Reitsch en 1937.

La competición fue reñida y el nivel de las pruebas y de los pilotos extraordinariamente elevado. Desde Cuatro Vientos se llegó en dos ocasiones hasta Zaragoza, ¡sin motor y en 1952!. La clasificación final estuvo encabezada por Juez y Bermúdez de Castro que conquistaron el título de campeones del mundo, la medalla de plata fue para el alemán Frowein y la de bronce, ...para Hanna Reitsch.

Como muestra de agradecimiento por la organización de aquel campeonato, el gobierno alemán tuvo el detalle de regalar el Kranich III que había volado Hanna Reitsch a las escuelas españolas. El aparato sería asignado a la escuela de Somosierra y posteriormente a la de Ocaña, donde formó parte de la flota de las mismas durante muchos años. Actualmente se encuentra en la colección del Museo del Ejército del Aire en Cuatro Vientos.

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Cuatro años después, de nuevo en otro campeonato mundial se produce el tercer encuentro entre Reitsch y Juez. En esta ocasión en Francia, durante los campeonatos del mundo de Vuelo sin Motor que se celebraron en Saint Yan.

En esa ocasión, el campeón del mundo fue el norteamericano Paul McReady (a los mandos de un Breget 901), plata para Luis Vicente Juez (con un Sky) y bronce para el polaco Gorzelak (sobre un Jaskolca). El primer piloto alemán clasificado fue Hanna Reitsch, en novena posición, pilotando un Zugogel.

Panel de clasificaciones del campeonato del mundo de Vuelo sin Motor en Saint Yan (Francia) de 1956
 
Hanna Reitsch posa con otros pilotos del campeonato mundial de 1956. Se distingue a Luis Vicente Juez y Miguel Ara

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Hanna siempre fue una devota e idealista nazi, que adoraba a Hitler, por lo que se negó a creer los informes sobre los campos de concentración y tortura. No fue hasta mucho más tarde que expresó su repudio a lo que presenció en el Tercer Reich.

Siempre se sintió atraída por los poderosos, y los poderosos se sintieron atraídos hacia ella. En 1959 fue invitada a la India por el Primer Ministro hindú Jawaharlal Nehru, para establecer un centro de vuelo con planeadores. En 1961 fue invitada por el Presidente de EU John F. Kennedy a la Casa Blanca. De 1962 a 1966 residió en Ghana a petición del Presidente Kwame Nkrumah, donde fundó y dirigió la Escuela Nacional de Planeadores. En la década de 1970 compitió y volvió a romper varios récords de planeadores en diversas categorías, consiguiendo su "C" de oro y los tres diamantes. En 1979 -el mismo año de su muerte- logró batir el récord mundial femenino en vuelo de ida y vuelta al conseguir un vuelo de 805km en los montes Apalaches (USA).

Hanna Reitsch fue una figura polémica durante toda su vida. Durante muchos años se especulaba con la posibilidad de que realmente hubiese logrado sacar a Hitler de aquel Berlín sitiado. Durante sus últimos años ganó cierto grado de notoriedad por sus expresiones sobre el nazismo. Aunque si que llegó a manifestar algún sentimiento de repudio hacia la ideología del régimen de Adolf Hitler, la realidad es que sus declaraciones nunca fueron lo suficientemente claras. Pero de una manera u otra, creo que el tiempo transcurrido nos permitirá entender que sus habilidades como piloto, su coraje y su amor por la aviación están fuera de toda duda.

A pesar de sus numerosos récords y aunque no hay constancia de que ellos presumiesen de ello, hoy podemos afirmar que los profesores de la Escuela de Huesca siempre quedaron por delante de ella en todas las ocasiones en las que coincidieron. Eso es lo de menos, ...pero ahí queda.

 

 

Hanna Reitsch the last interview (1 from 3)

Hanna Reitsch the last interview (2 from 3)

Hanna Reitsch the last interview (3 from 3)

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