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Argentinicos de la polla

Escrito por Luis Ferreira el . Publicado en Grandes relatos

 

Al atardecer del 8 de junio de 1947, el aeropuerto de Barajas y el país entero vibraban por la que iba a ser la primera visita de un alto representante extranjero a la España del antiguo régimen. Se trataba de Eva Duarte, Evita, esposa del presidente argentino Juan Domingo Perón que llegaba como embajadora del único país que había decidido no respetar la disciplina establecida por Naciones Unidas de romper cualquier relación diplomática y comercial con España. Una personalidad arrolladora y una fuente de quebraderos de cabeza para la puritana esposa del general. Un viaje que dio mucho de qué hablar, pero que sobre todo, dio mucho de comer puesto que la pasajera, además de traer un avión entero lleno de impresionantes vestidos, sombreros y joyas con las que consiguió hacer sombra a la austeridad y rectitud de Carmen Polo, también traía entre su equipaje el trigo de aquella pujante nación que aquí necesitábamos para comer.

Cinco meses antes se produce otro viaje que ahora vemos evidente estaba relacionado con el primero. El punto de partida es el mismo, la base aérea de Morón, al oeste de Buenos Aires, pero esa fue la única similitud. Los viajeros no eran precisamente miembros del gobierno, como tampoco sus anfitriones serían el matrimonio Franco. En esta ocasión se trataba de 12 adolescentes que gracias a un acuerdo de colaboración entre ambos gobiernos se disponían a pasar nueve meses fuera de sus hogares. Aquel viaje fue un simple gesto, una manera más de devolver aquel favor con el que empezaríamos a salir del ostracismo y se evitaría una más que posible hambruna.

Nuestros protagonistas aterrizaron en Natal (Brasil) después de siete horas de vuelo. Despegaron de nuevo tras una breve escala técnica para atravesar el Atlántico sur con rumbo a Dakar en un viaje incómodo en el que atravesaron varias tormentas a no más de 1.500 m de la superficie del océano. De ahí siguieron viaje hacia Lisboa, un aterrizaje complicado en mitad de una gran tormenta que terminó con el avión fuera de la pista y con los pasajeros llenos de barro hasta las orejas. Luego volaron hasta Madrid y finalmente, desde la estación de Atocha, un vapor les llevó hasta Huesca, donde según escribe Jorge Tulio Calderón, uno de aquellos jóvenes que hoy todavía lo sigue siendo: “Las autoridades militares, religiosas y civiles, la frecuente trilogía del poder, nos dieron la bienvenida con el cotillón de discursos, flores y cánticos en el mismo andén de la estación de Huesca con la participación de las Juventudes Falangistas locales. El domingo siguiente se haría una solemne misa en donde se rogaría por la gloria de España, Argentina y sus líderes Franco y Perón”. Evita no venía con ellos, pero sin duda, el histórico viaje que se produciría meses después ya flotaba en el ambiente.


Tras la recepción a pie de andén todavía les faltaban por recorrer los diez últimos kilómetros de aquel largo viaje. El destino final no era otro que la Escuela de Vuelo sin Motor de Monflorite, la mejor del mundo según les habían dicho antes de abandonar Buenos Aires. –Hubo un proceso de selección entre los distintos clubes de vuelo sin motor argentinos, buscaban verdaderos aficionados, pero sobre todo buscaban gente seria y responsable, eran los pilotos de cada club quienes votaban a su representante- me recuerda Emilio, “el Flaco” Sierra.

Tulio recuerda con claridad meridiana aquella aventura que marcó su adolescencia. Fueron invitados de lujo de un país en ruinas. El director de la Escuela, el comandante Peñafiel, remarcaba pocos meses antes en “La Nueva España” como mayor éxito de su trabajo el hecho de que los alumnos engordaban entre tres y cuatro kilos durante su estancia. Aprendían a volar sin motor, por supuesto, pero de sus palabras se deduce que lo que realmente llenaba de orgullo al comandante era devolverlos mucho más “lucidos” que como le habían llegado. No eran buenos tiempos.


De los compañeros españoles internos en la Escuela, Tulio recuerda que - Muchos provenían de liceos semicastrenses con buena formación educativa. El diálogo fue cálido en corto tiempo y aunque no había diarios ni radios era frecuente la incursión sobre temas de la historia reciente de España, pero trasponer los límites ideológicos o políticos de la doctrina oficial exigía un trato de mayor confianza, que con el correr del tiempo se dio en muchos casos.

La vida en la Escuela se desarrollaba bajo un régimen semimilitar: A las seis de la mañana diana, a las 6:05 gimnasia, 6:20 aseo, 6:45 izar bandera, 6:50 desayuno, de 7:15 a 11:45 vuelos, 12:30 almuerzo, de 14 a 15 instrucción, de 15 a 18.30 vuelos, 18:45 ducha, 19:25 arriar bandera, 19:30 teórica, 20:30 comida, 22:00 silencio. Tulio recuerda que – Esta intensa actividad física y la dieta de pescado y calamares en las comidas pronto hizo ver una pérdida del peso obtenido con la manteca, pan blanco y carnes vacunas que ahora eran recuerdos lejanos. Rápidamente llegó la orden de abastecernos con una ración extra matinal de pan negro, sardinas y chocolates que, al poco tiempo, compartíamos con los integrantes españoles del grupo de instrucción.

Nuestras billeteras tenían capacidad para extensas invitaciones incluido el turno de guardia. El viático era de 300 pesos por mes, de los cuales recibíamos 100, cambiados a cuatro pesetas por peso. Eso bastaba para la cantina, salidas semanales a Huesca y escapadas los sábados a los simpáticos pueblos cercanos donde, en el ocre de la tosca campiña aragonesa. Encontrábamos cálidas recepciones que abastecían nuestra demanda de abundantes huevos fritos, pan blanco y aterciopelado vino. Los carbohidratos y su complemento etílico eran consumidos rápidamente en las activas jornadas ladera abajo tirando de las gomas de lanzamiento y cargando luego cuesta arriba los planeadores.

Tulio transmite en su diario un cierto recelo por una parte del alumnado nacional. Los de su grupo eran los únicos que podían permitirse unos huevos fritos con pan blanco en Alcalá del Obispo, también los que más amistad hicieron con los instructores, con quienes llegaron a entablar la suficiente amistad para realizar alguna expedición a la “noche Zaragozana”. Aunque tanto Tulio como Emilio guardan un excelente recuerdo, entre risas también recuerdan el mote que les pusieron “Argentinicos de la polla” – podían habernos puesto “los reyes del tango” pero no- dicen entre sonrisas. No eran buenos tiempos. Sin embargo, entre las hojas de aquel diario figuran decenas de direcciones, Madrid, Orense, Zaragoza, Barcelona, Córdoba o Las Palmas, todo el país estaba representado entre el alumnado. 


Juan B. Sales, Victorio Riselli, Walter Gordon, Enrique Auchter, Waldemar Sturm, Luis Kowaleski, Claus Haberle, Luis Tramontini, Emilio Sierra, Rubén Molinelli, Alfonso Parrilla y Tulio Calderón aprendieron a volar en Huesca con 17 años. Permanecieron en la Escuela desde febrero hasta octubre de aquel 1947 y aunque fueron solo 12 de los más de 7.000 pilotos que allí se formaron, es probable que fuesen sus mejores embajadores. Coincidieron en la época de los grandes vuelos, dos años después del histórico vuelo de 52 horas de Vicente Juez, un año antes del de Miguel Ara a Barajas y presenciaron el vuelo de Julián Sevillano hasta Castellón ¡sin motor! 

La partida, posterior a las celebraciones del 12 de octubre estuvo cargada de reparto de diplomas, discursos, encomios variados, bailes y representaciones teatrales como sólo los españoles saben hacerlo. En Madrid las ceremonias fueron en el Ministerio del Aire a lo que siguieron visitas a fábricas y otras Escuelas.

En Madrid el Jefe de Delegación nos comunicó que la estadía en España se prolongaría por un mes más porque así figuraba en los planes del convenio entre los dos gobiernos. Tendríamos vacaciones que aprovecharíamos a nuestro saber y entender. Para ello se informó que los viáticos faltantes de pago no se cambiarían al valor oficial de cuatro pesetas por peso sino al del mercado negro de 10 pesetas por peso. ¡Las máquinas fotográficas alemanas, bien preciado de la época, estaban a nuestro alcance! Los hoteles no tenían estrellas pero los mejores estaban a nuestra disposición. Con un boleto ferroviario de 3.000 Km podía recorrer media España.


Cuando a finales del mes de noviembre volvieron a su país no escatimaron en halagos sobre el trato recibido, las bondades de nuestra Escuela de Vuelo sin Motor, las excelencias de la ciudad de Huesca, su entorno próximo y el de las principales ciudades que conocieron durante el último mes. Casi setenta años después de la primera gran aventura de sus vidas, todavía aparecen artículos de aquellas vivencias. 

Tulio recuerda que poco después a Argentina también llegó el pan negro. Recuerda con amargor aquel despectivo “sudaca” con el que le recibieron muchos años después durante alguna otra visita. –Las siguientes veces siempre me exigieron que exhibiese el billete de vuelta, cambiaron las tornas- me dice. Ninguno de ellos volvió nunca a pisar aquella vieja Escuela, en sus mentes la recuerdan como lo que fue durante siete décadas más. Ahora, conocedores desde la distancia de la situación actual lamentan que aquella Escuela de Vuelos sin Motor se haya perdido para siempre -¿porqué pelotudez acabaron con todo aquello? - me preguntan.

…Y yo no sé darles respuesta.